Acudo al teatro al Festival de la Guitarra en el que no actúan guitarristas para ver a Stanley Clarke, inamovible valor en las listas de bajistas renombrados de la historia y jovenzuelo del jazz a sus 75 años. En mi adolescencia, en mi ciudad, apenas había conciertos de rock, por lo que en cuanto aparecía un icono del jazz allí me iba. Vuelvo a estas viejas costumbres para llevarme de regalo un concierto monumental.
La cosa no pintaba bien porque el repertorio elegido era el de Return to Forever, emblemática banda de fusión liderada por Chick Corea. Yo odio a Chick Corea. La fusión mal entendida puede llegar a confundirse con música de ascensor, y yo siempre entiendo mal cualquier cosa relacionada con los teclados de Chick Corea, que en paz o en su platillo volante descanse, dada su condición de destacado miembro de la Iglesia de la Cienciología. Stanley Clarke -esto no lo sabía hasta hace cinco minutos- compartía con él esa controvertida militancia, lo cual es otro punto en contra de Return to Forever.
Los malos presagios no se cumplieron. Los míos, me refiero. La necesidad hace virtud, y el cambio de componentes de la banda de acompañamiento cambió la escala del repertorio. "Romantic Warrior" sin guitarra eléctrica, por incomparecencia del guitarrista, y sin bajo eléctrico, puesto que Stanley Clarke permaneció sentado junto al contrabajo casi todo el show, se convierte en jazz moderno con algún toque free, sin apenas fusión añeja.
Stanley Clarke saltó a la fama como bajista eléctrico, por lo que estaba fuera de mi radar como el mayúsculo contrabajista que es. Uno que juega en la liga de Charlie Haden, Dave Holland o Ron Carter. Uno que rinde tributo a Charlie Mingus sabiéndose ilustre continuador. Hay un punto en que se revela su condición simultánea de bajista y contrabajista: su capacidad para dirigir el ritmo guiando a la batería y al mismo tiempo dialogar melódicamente con el piano.
Enérgico cuando las fuerzas se lo permiten, suave cuando nos hace descansar en la eternidad del jazz, Stanley Clarke se paseó por el teatro exhibiendo un talento que nunca será rutina, otra noche más. Salí viendo la luna doble; un poco por impresión, otro poco por enfermedad.



