La desprogramación de la escritora judío argentina residente en Francia y publicada por Anagrama, Ariana Harwicz, del festival cultural organizado por la Universidad de Granada tiene algunos rasgos de interés para el análisis de este tipo de prácticas extorsivas, coactivas o demostrativas de poder, lejanas del espíritu originario del BDS: replicar el movimiento internacional antiapartheid y hacer daño a la política internacional de Israel, tanto en lo diplomático como en lo económico y comercial, para así ayudar a poner freno a la ocupación.
El vínculo de Ariana Harwicz con Israel, a falta de prueba mayor, no puede considerarse sino "opinativo" o "difuso": ni siquiera consta si tiene pasaporte israelí. Y, si la narrativa sionista busca desde siempre asimilar con el antisemitismo toda crítica a Israel, resulta evidente que cancelar a una escritora hispana por su condición étnica de judía constituye una infamia -legal, moral y académica- que favorece a Israel.
Una segunda vertiente argumentativa del boicot a Harwicz sostiene que su culpabilidad radica en haberse pronunciado sobre el propio boicot, con anterioridad a ser objeto de él. En este razonamiento tautológico, se la boicotea por estar en contra del boicot, lo cual conduce el espacio menguante de la libertad académica a un espacio inexistente, convirtiendo al boicot no en una práctica institucional, sino en una práctica que la institución obliga a los particulares a sostener individualmente. Solo se puede formar parte de la Universidad si se forma parte del grupo, y las características que definen al grupo son perfectamente irrelevantes a este respecto, puesto que lo que importa es la propiedad del grupo sobre la institución. De la misma forma que los colonos sionistas se apropiaron de la tierra prometida, los adeptos de la religión política woke se apropiaron de la Universidad, y de paso se apropiaron simbólicamente de la causa palestina, una vez destruida Palestina misma como sociedad viva.



